El error de preguntar quién va primero

José Luis Calo
Coordinador UCIN Galicia

Coordinador Provincial UCIN Galicia (Unión de Ciudadanos Independientes)

 

 

En los últimos tiempos, el debate sobre quién debe tener prioridad en el acceso a las ayudas públicas en España ha regresado con fuerza al centro de la conversación política. Se habla de «prioridad nacional» como si fuera una solución clara, casi automática, a problemas complejos. Pero cuando se rasca un poco más allá del titular, se descubre que la cuestión es mucho más delicada... y mucho más difícil de sostener desde el punto de vista legal, social y, sobre todo, humano.

 

España no es un país uniforme ni cerrado. Nunca lo ha sido del todo, y hoy menos que nunca. Es una sociedad diversa, construida sobre normas, derechos y una convivencia que, con sus tensiones, funciona. Por eso, reducir el concepto de «español» a algo tan estrecho como el origen, los apellidos o incluso ciertas costumbres culturales no solo simplifica en exceso la realidad, sino que la distorsiona.

 

Quizá el error de base esté en la propia pregunta. No deberíamos estar discutiendo quién «es más español», sino quién necesita más apoyo y en qué condiciones. Porque las ayudas públicas no están diseñadas para premiar identidades, sino para corregir desigualdades. Y ahí entran en juego criterios que deberían ser incuestionables: la renta, la situación familiar, la vulnerabilidad o el tiempo de residencia.

 

Ahora bien, tampoco se puede ignorar lo que muchos ciudadanos sienten. Hay una percepción creciente de agravio: personas que han cotizado toda su vida, que han levantado su familia aquí y que sienten que llegan tarde a unas ayudas que consideran propias. Esa sensación, aunque no siempre se corresponda con la realidad, existe. Y cuando la política no la aborda con claridad, otros discursos más simples —y más peligrosos— ocupan ese espacio.

 

Conviene recordar algo que a menudo se pierde en el ruido: en España, el acceso a la mayoría de las ayudas públicas no es libre ni inmediato. Exige cumplir condiciones estrictas: situación legal, empadronamiento, residencia acreditada y, por supuesto, necesidad económica. No basta con «llegar»; hay que demostrar arraigo.

 

En este punto, puede ser útil mirar fuera. Países como Suiza han desarrollado sistemas de asistencia social basados en un principio claro: la responsabilidad individual es el primer escalón, y la ayuda pública actúa como último recurso. Allí, las prestaciones están pensadas para situaciones verdaderamente difíciles y se gestionan de forma descentralizada, a nivel cantonal y municipal, con controles rigurosos sobre la necesidad real de quien las solicita.

 

No se trata de copiar modelos sin más, porque cada país tiene su propia realidad social y jurídica. Pero sí de extraer enseñanzas: la importancia de unos criterios claros, de una gestión cercana al ciudadano y de un equilibrio entre derechos y deberes que refuerce la confianza en el sistema.

 

El empadronamiento, por ejemplo, en España cumple parcialmente esa función. No distingue entre nacionalidades, sino entre presencia real o no en un territorio. En muchas comunidades autónomas, y también a nivel local, se valora especialmente el tiempo de residencia. No es una cuestión de identidad, sino de vinculación efectiva con el lugar donde se vive.

 

Por eso, hablar de una «prioridad nacional» generalizada puede sonar bien en un eslogan, pero plantea serios problemas en la práctica. Choca con principios básicos como la igualdad ante la ley y la no discriminación. Y, además, abre una puerta peligrosa: la de decidir quién pertenece y quién no en función de criterios cada vez más difusos.

 

El economista y premio Nobel Amartya Sen lo expresó con claridad: “La verdadera medida de una sociedad es cómo trata a sus miembros más vulnerables”. Esa idea, sencilla pero poderosa, debería servirnos de guía en este debate.

 

Porque, al final, la cuestión no es elegir entre unos y otros; es garantizar que nadie que realmente lo necesite se quede atrás. Y eso exige algo más complejo que un titular: exige reglas claras, transparencia, control y, también, responsabilidad compartida.

 

España necesita un debate sereno, sin consignas fáciles y sin dividir a la sociedad en bloques enfrentados. Un debate que se atreva a responder preguntas incómodas: cómo mejorar la gestión de las ayudas, cómo evitar abusos y cómo asegurar que lleguen a quien deben llegar.

 

La solución no está en levantar fronteras dentro de nuestras propias calles. Está en ordenar mejor, en explicar mejor y en gestionar mejor. Y quizá también en observar, con espíritu crítico, cómo otros países afrontan estos mismos dilemas. Porque, en el fondo, la verdadera prioridad nunca debería ser nacional. Debería ser, siempre, social.

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