El monstruo de Roikenstein

Rodrigo Brión Insua


Bebenacimientosdemografia


Hace unos días mi sobrino, Diego, cumplía un añito. En la fiesta por su aniversario todos comentaban lo mucho que había crecido (eso que tienen los bebés, que crecen) y lo mucho que se parecía a su madre. O a su padre. Porque todo depende del cristal con el que se mire. ¡Ay, la caprichosa herencia genética! Que le ha dado a mi sobrino de cabellos dorados partes de mi hermana y partes de mi cuñado. Con el tiempo sabremos qué se ha llevado de cada uno, pero lo que es seguro es que puede contar con el cariño de ambos.


Pensar en esto me hizo recordar uno de los debates que azotan de vez en cuando el panorama científico: los bebés a la carta. Un debate que hoy está más candente que nunca después de que un grupo de científicos chinos anunciasen el hito de que, por primera vez, han logrado modificar genéticamente a dos bebés que, gracias a la técnica de edición de genes, ahora son resistentes al virus del sida. Este avance científico nos mete de lleno en el futuro, donde no habrá niños como mi sobrino. Me refiero a niños imperfectos, que tienen por puro azar esto o lo otro de su padre o de su madre. Los humanos del futuro serán ensamblados, como si de un coche se tratase, con las características que sus padres, a partir de entonces creadores o diseñadores, deseen. Un maravilloso avance científico, que podrá erradicar las enfermedades genéticas o congénitas y las malformaciones. Niños y niñas sanos, que puedan enfrentarse a la vida en plenitud de condiciones desde el minuto uno. Con todo, el egoísmo humano nos llevará a usar ese prodigio médico para fines mucho más profanos. Así, los infantes de este siglo serán del sexo que eligieron papá y mamá, crecerán hasta el tamaño que quieran los abuelos, tendrán el color de pelo según guste más o menos a sus padrinos y el color de ojos y piel lo determinará el Estado. Esta última parte admito que es más una visión ‘nostradámica’ mía que una certeza científica.


Sin embargo, no me interesa tanto el aspecto físico como en el plano de los valores o las capacidades. ¿No sería fantástico poder adquirir de nuestros héroes aquello que más nos interesa y hacernos un popurrí de atributos? Hay tantísima gente a la que admiro por un aspecto concreto, por una faceta determinada, que, si pudiera, haría de mí mismo un moderno Prometeo, ¡el monstruo de Roikestein! Con el ingenio de Rafa Cabeleira, la valentía de Jon Sistiaga, la oratoria de Rodrigo Cortés, la voz de Ferran M.D.E, la pasión de Denzel Washington, la rabia de Keny Arkana, la gracia de José Juan Vaquero, la calidad Leo Messi, la elegancia de Audrey Hepburn, la prosa de Gabriel García Márquez y el talento de Caravaggio. ¡Ah! Y los dineros de Amancio Ortega (por poco me quedo tan pobre como había venido).


Pero me conformo con tener la creatividad y el valor de mi madre y la curiosidad y el sentido del humor de mi padre. Pero, sobre todo, me conformo con tener su cariño. Porque al final, ¿qué importa como sean las personas siempre que sean queridas? Esa es la mejor herencia que me pueden dejar porque, de no tenerlo, sí que sería un monstruo. Un precio muy bajo si a cambio soy vulnerable al sida.

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