La crisis humanitaria de los Rohingya continúa

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La crisis de los Rohingya no ha sido superada, aunque ya no ocupa los titulares de los grandes medios de comunicación y, por lo tanto, los llamamientos a enviar ayuda humanitaria a los rohingyas pasan desapercibidos para la mayoría de la población. 



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Refugiados Rohingya en una foto de Jordi Bernabeu (Creative Commons)


La tragedia de esta minoría continúa. Por ejemplo, la pasada semana las autoridades birmanas han capturado un barco en el que 93 personas de esta etnia intentaban escapar de un campo de refugiados hacia Malasia. Huían de los campamentos de desplazados que hay en el estado de Rajine, donde sus movimientos y acceso a servicios son restringidos por las autoridades de Birmania.


En los últimos años, se estima que más de 700.000 personas de este pueblo musulmán abandonaron sus casas, muchos de ellos cruzando la frontera hacia Bangladesh y otros huyendo a zonas del interior del norte de Birmania. Escapaban de la persecución que sufren por parte de la policía y del ejército, un país con fuertes tensiones étnicas y en elque la mayoría de la población profesa el budismo.


El grado de persecución -que incluyó la quema de localidades enteras, asesinatos y violaciones- fue tal que la propia ONU reclamó juzgar a los militares birmanos por genocidio, militares que se defienden alegando que ellos sólo persiguen a los insurgentes armados musulmanes que, a su vez, atacaron los destacamentos y puestos fronterizos en el norte del país. Producto de los combates y sobre todo de la represión a civiles, la cifra de muertos se estima que por ahora supera las 25.000 personas.

Muchos de los que consiguieron salir con vida de las masacres perpetradas sobre todo a finales del verano de 2017 tuvieron que escaparse al país vecino de mayoría musulmana, Bangladesh.


Las condiciones de los campos de desplazados son duras, pese a la ayuda prestada a los rohingya por organizaciones que defienden los derechos humanos de los refugiados, como ACNUR. De la ayuda humanitaria depende la subsistencia de los 373.000 niños y niñas que se estima tuvieron que huír de sus casas. Muchos de ellos están en campo de refugiados de Cox Bazar, considerado el mayor del mundo en la actualidad.


Su futuro es incierto, dado que el joven gobierno democrático de Birmania -que encabeza la Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kye- sigue defendiendo la labor de su ejército, pese a los incidentes de extrema violencia contra la población civil documentados por numerosos organismos. Pese a estas críticas de la comunidad internacional, los rohingya continúan discriminados legalmente en su estado natal, careciendo por ejemplo de acceso a la ciudadanía birmana.


Así las cosas, es muy difícil que empiecen a abandonar los campos de refugiados en Bangladesh y de la propia Birmania hacia unas casas que, en muchos casos no existen, pues han sido quemadas. La captura del barco con 93 refugiados a bordo demuestra que muchos rohingya no creen poder volver a tener una vida normal en su tierra natal, por lo que están dispuestos a continuar con su éxodo, aunque supongo poner su existencia otra vez más en juego. 

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