No es la educación del siglo XXI (todavía)

Pablo Rodríguez Canfranc
Economista

La realidad que va a emerger tras la pandemia no va a ser la misma que existía antes, no hace falta ser una lumbrera para darse cuenta. En el campo de la educación, esto va a suponer con seguridad que una gran parte de las prácticas digitales improvisadas para salvar la situación generada por el confinamiento se van a convertir en habituales, no solo a lo largo de las fases de la desescalada, sino en el horizonte de la denominada “nueva normalidad”, donde el trabajo y el estudio en remoto van a cobrar un protagonismo sin precedentes en el mundo pre-COVID-19.


Las redes y los medios digitales han resultado cruciales en un momento de emergencia como el que vivimos, permitiendo que los docentes mantengan el contacto con su alumnado, y, en la medida en que ha sido posible, avancen en la enseñanza de los contenidos académicos del curso, un curso que en la mayor parte de los niveles educativos finalizará sin la reapertura de los centros. En este escenario, puede haber quien piense que esta crisis sanitaria está proporcionando a la educación el empujón final que necesitaba para innovar sus procesos y dar el alto a la era digital. Pero es una versión en exceso simplista de la cuestión.


Cerebro, digital, tecnología, futuro


El error de partida es que frecuentemente se asocia la innovación con el mero traslado sin más de los formatos físicos al medio digital: las clases presenciales se transforman en videoconferencias, los libros se presentan en versión web, y las tutorías se convierten en vídeos de YouTube. Y, con todo lo que implica de avance, no es esto: la educación de la era digital necesita desarrollar sus propios formatos, metodologías y procesos.


En principio, la tecnología por sí sola no puede cambiar los procesos de enseñanza y de aprendizaje. Independientemente del dispositivo utilizado o de la herramienta informática seleccionada para enseñar, se trata de elementos que deberán articularse adecuadamente con los propósitos educativos en los que son desplegados, y con la modalidad de enseñanza.


La pedagogía que emerja en un mundo digital no puede ser una copia de la enseñanza de toda la vida. El nuevo paradigma o ecosistema educativo debe poder desafiar las fronteras del espacio y del tiempo escolar incorporando espacios virtuales de intercambio de contenidos, que, de alguna forma rompan la unidad de espacial y temporal de la clase tradicional. Además, estos espacios digitales deben ser capaces de construir nuevos vínculos entre los agentes de la comunidad educativa: centros, docentes, el alumnado y las familias.


Dentro de este esquema, el maestro será ahora autor y curador de sus propios materiales didácticos, aportando valor con ellos al contexto de aprendizaje al que van destinados, y a la vez resulta empoderado en su rol de docente. Asimismo, se convierte en un aprendiz permanente e incluso desarrolla estrategias de narración de su propio proceso de construcción didáctica, compartiéndolo e intercambiándolo con otros docentes. Por último, la docencia del siglo XXI tendrá que incorporar nuevos lenguajes acordes con el medio digital, y desafiar a los estudiantes para que desarrollen formas de lectura en un contexto de literacidad electrónica, entendiendo por literacidad el conjunto de competencias que hacen hábil a una persona para recibir y analizar información en determinado contexto por medio de la lectura, y poder transformarla en conocimiento posteriormente para ser consignado gracias a la escritura.

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