​La precariedad de un premio Princesa de Asturias

Rodrigo Brión Insua

Cristina se levanta cada mañana temprano porque a las 9 tiene que estar en la casa en donde atiende a una mujer dependiente. Durante una hora la levanta, la asea, la viste, le da el almuerzo y la deja lista para lo que resta de día. Sin embargo, este no es su verdadero trabajo, ya que ella en realidad es enfermera y cada día, desde hace más de dos meses, se deja los cuernos batallando junto al resto de sus compañeros de enfermería y los médicos que componen la plantilla de un centro hospitalario como parte de la vanguardia de la lucha contra el coronavirus. Con dos trabajos, Cristina lo que busca es un dinero extra para poder darle lo mejor a su hija, a la que apenas pudo ver durante los momentos más duros de la pandemia. Y Cristina, además de todo esto es, desde ayer, la ganadora del premio Princesa de Asturias de la Concordia.   


Ella es, como el resto del personal sanitario español en primera línea contra la Covid-19, merecedora de este premio y de todos los que le puedan ofrecer. Ahora puede presumir de tener un título que compartirá para siempre con la Unicef o la Unión Europea o con personalidades como el físico Stephen Hawking o la escritora J. K. Rowling. No obstante, Cristina, como los demás enfermeros y médicos, seguirá llegando a casa arrastrando los pies, con el cuerpo molido y la marca de las gafas protectoras en la cara después de jornadas maratonianas atendiendo a todos los pacientes que a diario entran y salen del hospital, con y sin estados de alarma. Porque este gesto, aunque engrandece al sector, no tapa todas las carencias que sufre: sin medios, sin recursos, sin personal suficiente. Unos profesionales que, recordemos, ha sufrido más de 50.000 contagios en esta epidemia –y los que no sabemos–. Esto significa que al menos uno de cada cinco positivos por coronavirus era un profesional sanitario. Y a Cristina también le tocó estar en ese grupo de “premiados”.


Pero no quiero caer en el error de quedarnos en la superficialidad y centrar todo el peso de la sanidad en los profesionales de medicina y enfermería. Este reconocimiento también va para los celadores, el grupo que sufre más bajas por lesiones músculo esqueléticas porque su profesión los obliga a realizar unos esfuerzos que asumen siempre con una sonrisa, a pesar de que en los primeros días de la pandemia fueron considerados como “personal no de riesgo” aunque sean la primera persona con la que tiene contacto el enfermo. Me refiero a la gente de las ambulancias, un servicio vital y constantemente maltratado, hasta el punto de referirnos a ellos como “transportistas” cuando se trata de profesionales con una Formación Oficial reglada por ley. Hablo también del personal de la central del 061, siempre al pie del cañón y que durante esta epidemia tuvieron que redoblar esfuerzos para atender a un sinfín de llamadas de afectados por la enfermedad o personas que buscaban información sobre un virus que aún hoy nos resulta desconocido en casi todos los sentidos.


Y al igual que a todos ellos me puedo referir también a los farmacéuticos que están en constante contacto con los enfermos, a los fisioterapeutas cuyo oficio les impide mantener una distancia social pero que hoy son capitales para acelerar la recuperación de muchos enfermos de coronavirus, los profesionales de la salud mental a los que ahora les vendrá encima una gran carga de trabajo al tener que tratar a tantísimas personas –tal vez un grueso de esos nuevos pacientes sean colegas sanitarios– con secuelas psicológicas provocadas por esta crisis, al personal de limpieza de todos y cada uno de los complejos hospitalarios, centros de salud, residencias u hospitales de campaña que se desviven para eliminar cada posible foco de contagio… y tantos y tantos profesionales cuya profesión se minusvalora de forma generalizada en las administraciones públicas y que no puedo enumerar porque sencillamente el día tiene sus horas. Y todos realizan sus labores con la mayor diligencia a pesar de los problemas propios de cada gremio. No obstante todos han compartido elementos comunes en esta crisis: falta de medios, falta de test, falta de material y falta de atención de unas instituciones que siguen haciendo oídos sordos a sus demandas.


Con todo, no quiero poner el foco única y exclusivamente en los gobiernos, ya sean locales, autonómicos o centrales. Nosotros, como sociedad, también tenemos nuestra gran parte de culpa, al bufar en la sala de espera cuando nuestro médico de cabecera lleva retraso, ignorantes de que ese profesional tal vez atiende a unas 70 personas como nosotros ese día aunque cada uno sea de su padre y de su madre, o cuando nos desgañitamos protestando porque la cita que nos dan para ver a un especialista es dentro de seis meses, aunque nos repiten que es el único especialista de un complejo hospitalario para un área sanitaria que atiende a cientos de miles de personas.


En nuestra mano está exigir a los poderes públicos una sanidad pública fuerte y eficaz y no reducir los aplausos que nos acompañaron a diario durante unas semanas a una mera anécdota. Los problemas no se arreglan con palmaditas en la espalda, sino con contratos estables, con el fin de la precariedad que tiene a muchos pendientes cada día de una llamada para saber si les va a tocar o no trabajar, con la aportación de material protector suficiente como para no tener que reutilizar guantes y mascarillas desechables, con ofertas públicas de empleo que cubran la acuciante falta de personal de nuestro sistema sanitario. Tal vez esto no solucione absolutamente todos los problemas, pero será un paso fundamental para empezar. Quizás, con estos gestos, Cristina no necesite dos trabajos y pueda ser solo enfermera. Y madre. Y premio Princesa de Asturias. 



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