De cómo Santiago disparó su turismo robando el cadáver de Cucufato

Mantener las cifras de visitantes ya era un quebradero para los líderes políticos gallegos mucho antes de Ryanair cancelase sus vuelos. Un nuevo libro detalla cómo y porqué el Arzobispo Xelmírez, alma máter de la peregrinación Xacobea, le robó cuatro reliquias clave a la competencia de Braga. 

 


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Traslado de las reliquias de San Benito en una imagen de la Abadu00eda de Fleury
Traslado de las reliquias de San Benito en una imagen de la Abadía de Fleury

Diciembre de 1102. Diego Gelmírez, obispo de Santiago de Compostela, llega a Braga con una comitiva de clérigos, canteros y acólitos bajo la apariencia de una visita pastoral rutinaria. Su anfitrión, el obispo Giraldo, virtuoso y confiado, le cede incluso sus propios aposentos y marcha a dormir a un convento cercano. Lo que ocurrirá en los días siguientes pasará a los anales de la Iglesia con un eufemismo tan elegante como cínico: «pío latrocinio». En román paladino, uno de los robos más audaces de la Edad Media. 

 

La historia de aquella operación maestra acaba de recuperar protagonismo de la mano de un nuevo libro publicado por la Fundación Santa María la Real: Los poderes inmateriales de los monasterios: reliquias, fragmentos de eternidad, una obra colectiva coordinada por los catedráticos de la Universidad de Cantabria Ramón Teja y José Ángel García de Cortázar que arroja luz sobre los mecanismos de poder, dinero y fe que convirtieron las reliquias en el combustible político del medievo peninsular.

 

El culto a las reliquias, explica Ramón Teja en el volumen, fue en realidad un fenómeno tardío dentro del cristianismo y no estuvo exento de controversia. Figuras como San Agustín, San Ambrosio o San Jerónimo tuvieron que emplearse a fondo para legitimarlo ante quienes lo consideraban más próximo a la superstición que a la ortodoxia cristiana. Sus argumentos calaron en todos los estratos sociales, desde la curia hasta el pueblo llano, y allanaron el camino para que los restos de los santos —huesos, dientes, cabellos, mandíbulas, pero también objetos que hubieran estado en contacto con ellos— adquiriesen un valor incalculable. No solo espiritual. Sobre todo, político y económico.

 

El investigador Josemi Lorenzo Arribas precisa en el libro que la veneración de esos restos o despojos venía motivada por la creencia en su capacidad para obrar milagros. Y los milagros, en el medievo, eran el mejor reclamo turístico concebible. Los peregrinos que acudían a venerar una reliquia dejaban dinero, influencia y prestigio a su paso. Por eso, como señala Ángeles García de la Borbolla en otra de las contribuciones de la obra, los monasterios y diócesis comprendieron muy pronto que acumular reliquias equivalía a garantizar una devoción estable y con ella una afluencia continua de fieles que constituía una fuente imprescindible de ingresos. Vamos, que no había nada mejor para equilibrar un presupuesto que fichar un santo, aunque fuese cadáver.

 

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El libro Los poderes inmateriales de los monasterios, reliquias, fragmentos de eternidad

La rivalidad entre Braga y Compostela

En el año 1102, Santiago de Compostela alardeaba de custodiar los restos del apóstol Santiago el Mayor, pero su rival directa, Braga —la diócesis más antigua de la Península Ibérica y reclamante del título de primada de las Españas—, podía presumir de albergar en sus iglesias los cuerpos de nada menos que cuatro santos: san Fructuoso, patrón de la ciudad; santa Susana; san Cucufate y san Silvestre. En términos de poderío espiritual, las fuerzas estaban prácticamente igualadas. Para un hombre con las ambiciones de Gelmírez —cuyo proyecto era elevar Compostela al nivel de Roma y Jerusalén—, aquella paridad era inaceptable.

 

El plan que urdió Gelmírez fue descrito más tarde por el arcediano Hugo de la catedral compostelana con la fórmula ya citada de «pío latrocinio», recogida en la Historia Compostelana, la crónica oficial del prelado, escrita claramente en su favor. Al alba, mientras los clérigos celebraban misa en las iglesias de Braga —distraída así la atención de los fieles—, canteros y especialistas que viajaban en la comitiva compostelana procedían sigilosamente a desenterrar los sarcófagos y extraer las reliquias. Gelmírez se reservó personalmente la capilla visigótica de san Fructuoso, joya arquitectónica del siglo VII situada a las afueras de la ciudad. El obispo Giraldo, su gentil anfitrión, no supo de lo ocurrido hasta que la comitiva gallega ya había levantado el campo.

 

La huida fue tan precipitada como reveladora de las verdaderas intenciones del operativo. Caminos secundarios, paradas en monasterios amigos, relevos de mensajeros que se adelantaban a anunciar la llegada de los santos a Compostela: no era el comportamiento de quien ha realizado un traslado piadoso y autorizado, sino el de quien sabe que lleva un botín y teme que se lo arrebaten. Las reliquias hicieron escala en Tui, donde Gelmírez las puso a resguardo antes de emprender el tramo final hacia Santiago.

 

Un robo que cambió la historia jacobea

La llegada de los cuatro santos a Compostela fue recibida con la pompa litúrgica que correspondía a tan extraordinaria adquisición. Santa Susana se convertiría con el tiempo en copatrona de Santiago, y aún hoy su iglesia en el Outeiro de Santa Susana, junto a la Alameda, es uno de los templos más queridos de la ciudad. San Fructuoso y los demás permanecieron durante siglos en las capillas de la girola catedralicia. La importancia de aquellas reliquias fue tal que algunos historiadores sostienen que, sin ellas, Santiago nunca habría logrado consolidarse como uno de los tres grandes centros de la Cristiandad.

 

El propio papa Pascual II ordenó la devolución de las reliquias a Braga, pero la respuesta compostelana fue el silencio. Habría que esperar casi nueve siglos para que la deuda se saldara parcialmente: en 1966 se devolvieron a Braga los restos de san Fructuoso, y en 1994 regresaron santa Susana, san Cucufato y san Silvestre. Hoy, en la capilla visigótica de san Fructuoso en Braga, un cartel recuerda que las reliquias allí custodiadas «habían sido llevadas por Diego Gelmírez en 1102».

 

El libro recién publicado recuerda que el caso Gelmírez no fue una anomalía, sino un episodio representativo de una práctica extendida. El investigador Francisco Javier Pérez Rodríguez documenta en la obra que robos, ventas y falsificaciones de reliquias fueron moneda corriente en la Edad Media, impulsados por la misma lógica de poder que describe el nuevo volumen. Papas, obispos y monarcas rivalizaban por acumular capital espiritual en forma de huesos y relicarios de oro y plata, incrustados de piedras preciosas y perfumados con fragancias exquisitas —de ahí la expresión «en olor de santidad»—, que constituían simultáneamente tesoros devocionales y activos políticos de primera magnitud.

 

La obra coordinada por Teja y García de Cortázar reúne las aportaciones de ocho especialistas y puede adquirirse en la tienda online de la Fundación Santa María la Real y en librerías especializadas. Un recordatorio de que, en el medievo, la fe y el poder nunca viajaron por caminos separados, y de que el gallego Gelmírez lo entendió mejor que nadie. Su figura sigue despertando fascinación y debate. Para algunos, fue un hábil constructor de la grandeza de Compostela; para otros, un estratega sin escrúpulos que no dudó en apropiarse de lo ajeno para impulsar su propio poder. Un comportamiento, por cierto, no tan diferente del de algunos líderes políticos actuales, aunque el objeto de deseo sea ahora el petróleo y no los supuestos huesos de presuntos hombres santos.

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