Vientos del Norte; vientos del Sur

Manoel Barbeitos
Economista

En los últimos años estamos asistiendo en el escenario internacional a cambios muy relevantes que, por caso, muestran cómo los vientos que soplan en el Norte y en el Sur van en direcciones contrarias. Así, por caso, mientras las últimas elecciones presidenciales celebradas en Brasil, que le dieron el triunfo a Luiz Inácio Lula da Silva, confirman que en el Sur -en este caso en Latinoamérica- las fuerzas políticas de izquierdas avanzan con fuerza y claridad -en la actualidad abarca el 80% de la población latinoamericana- las elecciones legislativas celebradas en Estados Unidos, aunque no confirmaron el gran avance que vaticinaban las encuestas, sí suponen tanto un mayor poder para el Partido Republicano -controla ahora, además del Tribunal Supremo, la Cámara de Representantes que antes no controlaba- como la confirmación de que el trumpismo sigue creciendo. Mientras en Europa solo Reino Unido, Irlanda, Luxemburgo e Islandia no cuentan con presencia en sus Parlamentos de fuerzas totalitarias, quienes crecieron en 16 de los 27 países de la UE. Datos que sirven para confirmar que las derechas totalitarias avanzan  imparables en el Norte -Europa y los Estados Unidos- provocando crecientes fracturas sociales

 

Una dinámica que pone en evidencia que mientras el peso político de Europa, más correctamente de la Unión Europea, en la escena internacional retrocede y pierde relevancia de forma indiscutible, Latinoamérica, ahora más con el triunfo de Lula, gana presencia y cambia los marcos. Unos marcos que ya se estaban moviendo a causa de la guerra en Ucrania, quien parecía devolvernos al mundo bipolar pero que ahora con el auge latinoamericano -México, Venezuela, Colombia, Brasil, Chile, Argentina- muy probablemente avanzará en su versión multipolar que es la más beneficiosa para Latinoamérica como bien saben, y defienden, sus líderes. También para Europa aunque muchos dirigentes europeos no lo vean.

 

Hay razones de fondo que explican estos cambios y vientos contrarios. En lo que va de siglo XXI, Latinoamérica está experimentando cambios muy relevantes gracias a que, como señalaba con anterioridad, un destacado número de líderes políticos de izquierdas está accediendo, por vías escrupulosamente democráticas, al gobierno de países latinoamericanos relevantes. Dirigentes que, con sus diferencias pero conocedores de los graves problemas que tienen sus países, intentan poner en marcha políticas dirigidas tanto a reducir las enormes desigualdades sociales, prestando especial atención a los sectores de la población más desfavorecidos, cuanto a liberarse de la bota del Imperio para así ser quien de emprender su propio camino en la escena internacional y ocupar el lugar que les corresponde. Para conseguir tales objetivos, los nuevos gobiernos, con diferentes matices y niveles de intensidad, están poniendo en marcha políticas públicas expansivas con la tilde en aspectos fundamentales como la reducción de la pobreza y la desigualdad. Políticas gracias a las cuales se están consiguiendo resultados espectaculares: 72 millones de latinoamericanos y latinoamericanas salieron de la pobreza en este siglo. Políticas gracias a las cuales crece el apoyo popular a estos dirigentes de izquierdas y, con ellos, Latinoamérica gana presencia en el mundo.

 

Una situación totalmente distinta se está dando en el Norte. Estados Unidos bajo la presidencia de Joe Biden, quien tiene su popularidad “bajo mínimus”, está atravesando una crisis económica profunda que afecta fundamentalmente a las clases de rentas medias y bajas entre las que el 38% viven en el umbral de la pobreza. El malestar por la situación económica entre estas clases es manifiesto, lo que está siendo aprovechado por los sectores más radicales del Partido Republicano –los trumpistas- que están consiguiendo que el apoyo a este partido entre las clases populares no pare de crecer (55%). Un crecimiento que se explica por el desencanto de estas con Biden y su partido al comprobar, por caso, el no cumplimiento de su programa electoral (New Deal): aborto, empleo, sanidad, enseñanza...

 

Europa, y concretamente la UE, no escapa a este fenómeno de crisis política profunda. Por una parte, la pandemia primero y luego la guerra en Ucrania, están poniendo en evidencia una dramática falta de liderazgo –hay razones fundadas para pensar que nunca en su corta historia tuvo la UE una dirección tan mediocre-. Una falta de liderazgo que se acompaña de una enorme incompetencia tanto para fijar una estrategia europea, no supeditada a los intereses de los Estados Unidos, frente a la guerra en Europa como, por caso, para frenar la inflación que golpea duramente a las economías de unas familias en las que crece el enfado con los dirigentes políticos pues están viendo, por caso, como las compañías energéticas y alimentarias están obteniendo unas ganancias desorbitadas sin que la mayoría de los gobiernos tomen las medidas oportunas y eficaces. Una situación que hace que se dispare la desigualdad -el 22% de la población vive en el umbral de la pobreza- y se repitan las recesiones.

 

En este marco general no debiera de extrañar que en el Norte la imagen de muchos dirigentes esté muy deteriorada y que crezca el enfado popular con la clase política. Un malestar que se traduce en un auge de las fuerzas totalitarias.

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