El principal Camino de Santiago corre riesgo de morir de éxito, advierte un informe de los ayuntamientos xacobeos
Galicia vive una paradoja que, aunque anunciada, no deja de ser precupante. Mientras las cifras oficiales celebran un nuevo hito turístico con más de 530.000 peregrinos llegados a Santiago en 2025, un documento técnico circula en los despachos con un diagnóstico mucho menos complaciente. El Camino de Santiago Francés, la arteria principal que bombea vida económica a cientos de localidades, muestra síntomas inequívocos de saturación de viajeros y cansancio social entre los vecinos.
El fenómeno jacobeo se enfrenta a una encrucijada vital: o se repiensa su modelo de gestión o corre el riesgo real de morir de éxito, transformando una experiencia milenaria de hospitalidad en un mero producto de consumo masivo que expulsa a los vecinos y desvirtúa su propia esencia.
Este análisis se desprende del reciente estudio sobre la sostenibilidad económica y social del Camino de Santiago Francés, realizado por la consultora Abay Analistas para la Asociación de Municipios del Camino de Santiago (AMCS) y el Gobierno de España.
El texto pone negro sobre blanco lo que muchos vecinos de Compostela y de las villas del interior gallego llevan años denunciando en la calle: la capacidad del territorio y la paciencia de los vecinos están al límite. No es solo una cuestión de cuánta gente cabe en la Plaza del Obradoiro, sino de cómo la presión turística está erosionando el tejido social de los pueblos que, irónicamente, dependen del caminante para sobrevivir.
Para entender la magnitud del desafío, hay que mirar atrás con perspectiva. Lo que a principios de siglo era una aventura espiritual o cultural para unos pocos iniciados, hoy es un fenómeno global de masas. Si en el Año Santo de 2004 se entregaron cerca de 180.000 acreditaciones, y en 2010 la cifra subió a 272.000, el salto en la última década ha sido exponencial.
El año 2024 ya cerró rozando el medio millón, y los datos confirmados de 2025 sitúan el listón por encima de los 530.000 caminantes. Estamos ante un crecimiento que duplica la población de muchas villas gallegas en un solo año, concentrado mayoritariamente en los meses de verano y en los últimos cien kilómetros de la ruta.
El informe destaca que el Camino Francés sigue siendo el rey indiscutible, absorbiendo casi la mitad del flujo total, con más de 236.000 personas eligiendo este trazado el año pasado. Sin embargo, esta popularidad tiene un reverso tenebroso.
La masificación no se distribuye equitativamente; mientras algunas zonas de Castilla o Aragón luchan contra la despoblación y ven pasar a los peregrinos como un maná insuficiente, el tramo gallego, especialmente desde Sarria, se convierte en una romería continua donde la soledad y el silencio, valores intrínsecos de la peregrinación, son cada vez más difíciles de encontrar.
Uno de los puntos más delicados que aborda el documento es la mutación del perfil del visitante. Los actores locales consultados para el estudio advierten de una pérdida progresiva de la identidad jacobea. Se habla ya abiertamente de una turistificación de la ruta, donde la hospitalidad tradicional —aquella basada en el intercambio humano y la acogida desinteresada— está siendo desplazada por relaciones puramente mercantiles. El peregrino austero de antaño deja paso a un turista deportivo que exige servicios de hotel en albergues y que consume el Camino como quien visita un parque temático, buscando la foto rápida para redes sociales sin conectar realmente con el territorio que pisa.
Esta transformación tiene consecuencias directas en la convivencia. El informe señala cómo en los municipios de mayor afluencia, en particular en Compostela, los residentes empiezan a sentirse extraños en su propia casa. Los comercios de toda la vida cierran para dar paso a tiendas de souvenirs y la vida cotidiana se ve interrumpida por un flujo incesante de forasteros.
El sentimiento de tradición local, que ha sido históricamente el pegamento que daba sentido al Camino, se resiente cuando el vecino percibe que su pueblo ya no se gobierna para él, sino para satisfacer las necesidades de una población flotante que multiplica por diez a la residente.
La vivienda y la revuelta vecinal
El impacto más sangrante de esta saturación se siente en el mercado inmobiliario, una problemática que ha encendido la mecha de la indignación en Santiago de Compostela. El estudio alerta sobre el riesgo de gentrificación y la dificultad de acceso a la vivienda para la población local, un fenómeno que no es teórico, sino una realidad palpable en las calles de la capital gallega.
Durante los últimos años , movimientos sociales como Compostela Resiste han protagonizado protestas sonadas, llegando a convocar concentraciones en el Obradoiro donde los vecinos, vestidos simbólicamente de peregrinos con lazos negros, reclamaban que sus casas no son hoteles bajo el lema "O teu Airbnb era a miña casa".
La proliferación de viviendas de uso turístico ha disparado los precios del alquiler, expulsando a estudiantes y familias trabajadoras del centro histórico y de los barrios adyacentes.
El informe subraya que la sostenibilidad social es tan importante como la económica; de nada sirve que el Camino genere millones de euros si el coste es vaciar de vida autóctona las localidades por las que pasa. Si los pueblos se convierten en meros decorados de piedra para el disfrute del visitante, el Camino perderá la autenticidad que lo hace único y, a la larga, dejará de ser atractivo incluso para los propios turistas.
Una dependencia económica peligrosa
A pesar de las críticas, el documento no obvia la realidad económica: para muchos municipios rurales, especialmente aquellos que el informe clasifica como "rurales con demografía adversa", el Camino es el único salvavidas contra la desaparición. La ruta funciona como un motor que fija población y permite el emprendimiento en zonas donde la agricultura ya no es suficiente.
Sin embargo, esta monocultivo turístico es un arma de doble filo. La fuerte estacionalidad del empleo genera precariedad y una dependencia excesiva de un sector volátil, dejando a estas localidades expuestas a cualquier crisis que corte el grifo de visitantes, como ya demostró la pandemia.
El reto que plantea el informe, y que deben recoger las administraciones, es cómo gestionar este éxito sin morir en el intento. Se proponen soluciones que pasan por una gobernanza colaborativa real, que dé voz a los vecinos y no solo a los empresarios, y por medidas que fomenten la desestacionalización y la dispersión de los flujos. El Camino de Santiago no puede ser una víctima de su propia fama. Galicia tiene ante sí el deber histórico de proteger no solo las piedras de la Catedral, sino el alma de una ruta que vertebra Europa, garantizando que siga siendo un espacio de acogida y no un escenario de conflicto y especulación.
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