La otra pandemia en la sombra

Javier Pereira Beceiro
Urólogo Adjunto Complejo Hospitalario Universitario del Ferrol

Especialista en Urología del Área Sanitaria de Ferrol Especialista en Cirugía Laparoscópica Especialista en Medicina familiar y comunitaria Máster en Oncología Urológica (próstata, riñón, vejiga,…) Máster en Suelo Pélvico e Incontinencia

No hay palabras. No hay palabras para describir lo que ha sucedido a pocos kilómetros de donde vivo. De donde vive cualquier gallego.


Como padre o como madre, pensar que tu chico, es un buen chico, salga un día cualquiera de verano con sus amigos, un día más que merecido después de que tu hijo haya sido uno de los muchos héroes anónimos que lo han dado todo durante la pandemia. Y, de pronto, una llamada de teléfono te hiela la sangre y te produce el mayor dolor que has sufrido y que jamás sufrirás. Nunca más podrás decirle lo mucho que lo quieres ni lo importante que es para ti.

Por otro lado, sentir como padre o madre, ver llegar a tu casa a la policía buscando a tu hijo, acusado de un “presunto homicidio”, tampoco tiene palabras para describirlo. Años y años intentando darles y ofrecerles lo mejor, intentando que no sufran, darles un presente y un futuro. Y de pronto, se te hiela la sangre pensando en que tu hijo ha cometido uno de los delitos y daños más execrables que hay y existe; “quitarle la vida a otra persona”.


Mires por donde lo mires, no hay por donde cogerlo. No hay cómo explicarlo. No hay cómo comprenderlo. Lo único que hay son familias rotas, vidas truncadas, y dolor, mucho dolor. La justicia dirá si fue o no un homicidio homófobo. Sea o no lo sea, nada ni nadie dará consuelo a ningún padre o madre. Un acto sin justificación.


Y esto está pasando aquí, delante de nuestros ojos, delante de nuestros hijos, devolviéndonos a la triste realidad que nos dice que, aunque seamos uno de los países más avanzados del mundo, todavía queda mucho camino por recorrer y muchas barreras que superar.


Y queda mucho por hacer cuando, según Naciones Unidas, el 58% de las mujeres víctimas de asesinatos, murieron a manos de su pareja o de un miembro de su propia familia. O que, a pesar de las garantías constitucionales de numerosos países en materia de igualdad de género, las mujeres tienen, de promedio, sólo el 75% de los derechos jurídicos de los hombres. Y que sólo el 55% de las mujeres en el mundo tienen el poder de tomar decisiones sobre su cuerpo. En unas de las semanas en las que Naciones Unidas intenta recalcar la necesidad de políticas que favorezcan la igualdad de oportunidades y el derecho de la mujer a una sexualidad libre, libre de la violencia de género, libre del matrimonio infantil y libre de la mutilación genital femenina, en Galicia, con sentidiño, hemos combinado el luto y respeto por el homicidio de Samuel, con las innumerables señales de condena en cientos de localidades gallegas y españolas, ya que este execrable homicidio pudo haber acaecido en cualquier, chic@, familia o en cualquier villa.

Ningún padre o madre está libre de una noticia así, y seguramente muchos de nosotros o nosotras con hijos adolescentes, si cabe, tendremos el sueño muy, pero que muy ligero, en estas noches de verano postpandemia.


Por desgracia, muchos intentarán sacar réditos del dolor, autoproclamándose los únicos salvadores. Otros negarán la violencia machista, el “feminicio” o la violencia por condición de género. Allá cada uno. No los voy a criticar. No tengo intención de perder un instante en opinar acerca de sus oscuros y rentistas intereses. Negar lo evidente es de necios, y vivir del dolor es de miserables.


Como padre de un adolescente, como compañero de un sanitario, sólo me preocupa cómo se ha llegado a esto y cómo se puede prevenir y evitar. Y me da igual que sea un caso aislado o una tendencia. “Tolerancia Cero” ante una situación como esta, ante un caso de extremo dolor como lo acontecido con el homicidio de Samuel. Francamente, no sé si un caso como este es prevenible o evitable o no, pero si no lo es, nos tiene que servir de ejemplo para evitar que se vuelva a producir, y si lo es, nos tiene que caer la cara de vergüenza por no evitar lo acontecido.


Educación, familia, valores y principios. Menos gasto superfluo, menos hipocresía, y más gasto en medidas efectivas. Difícil es definir cuáles son esas medidas, puesto que en países como Alemania o Suecia tienen un problema similar al nuestro, o, si cabe, mayor, en cuanto a “feminicidios”, pero mientras que no cambiemos nuestro planteamiento, mientras no fomentemos la igualdad, y el libre pensamiento en libertad y la igualdad de oportunidades, poco tenemos que hacer.


Ojalá la tristeza y el dolor por el fallecimiento de Samuel, pero también el de muchas otras personas anónimas, sirva para dar visibilidad a un problema, que, por desgracia, cuesta tantas vidas en el mundo, del que ningún Estado está libre, y que, con más medidas efectivas en vez de publicistas, propagandísticas o populistas, nos mejor nos iría.


Solo nos cabe decir ¡¡¡BASTA YA!!!   

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