La Zamora que arde y llora

Rodrigo Brión Insua

Rodrigo Brión Insua (A Pobra do Caramiñal, 1995). Grado de Periodismo en la Universidad de Valladolid (2013-17). Redactor en Galiciapress desde 2018. Autor de 'Nada Ocurrió Salvo Algunas Cosas' (Bohodón Ediciones, 2020). 

En Twitter: @Roisinho21

Estoy con Oskar en el bus de camino al estadio. Él habla de que me va a llevar a Zamora. "Tienes que venir, macho, si ya lo tengo todo pensado". Dice que va a ser un finde cojonudo, que el mapa está en su cabeza: primero a dar una vuelta por la zona de tapas, que asegura son las mejores del mundo, luego un paseito por las murallas que guardan la que, atestigua, es "la ciudad con más monumentos por metro cuadrado", y rematar la tarde con un partidillo en el Ruta de la Plata alentando a los viriatos. Nunca llegamos a ir porque, como tantos planes, quedan apuntados para siempre en el agua, pero recuerdo esa conversación porque Oskar hablaba con emoción y orgullo de su tierra, de una ciudad que no es la suya pero que siente como tal. Ser es de Abraveses de Tera, un pueblecito, como tantos, de esa vasta y ancha provincia, donde tuve la suerte de pasar ratillos sueltos algún que otro verano, en casa de Mila y Bienve, a los que más cariño no les puede caber en el cuerpo.

 

He pensado mucho en ellos este fin de semana. He pensado en las noches de fiesta en Aguilar, en Benavente o Santa Cristina de la Polvorosa, en bañarme en el río Tera, en subir hasta la Virgen de Las Encinas y contemplar la inmensidad de los campos hasta donde alcanza la vista… He pensado y he sentido la tristeza de todos mis amigos zamoranos, rodeados de humo y miedo, pasando las noches sin dormir por si serán los siguientes en tener que hacer las maletas porque el fuego ya está en la puerta. 

 

He pensando en Sandra y su familia, teniendo que apañárselas para salvar su rebaño, su sustento, antes de que el fuego lo devore todo. He pensado en Anaís y sus flores, tal vez secas por las altas temperaturas que las queman y marchitan. He pensado en Aitor, y he sentido un escalofrío, por si estaría trabajando o si estaría en casa, esperando una llamada de la Junta de Castilla y León, como tantos otros miembros del operativo contraincendios. He pensando en los invernaderos, en las cosechas, en los pueblos pequeños, olvidados, sin servicios básicos como atención médica, o entidad bancaria, o escuela, o ya directamente sin autobús porque, total, son pocos, y viejos, y nadie los va a escuchar. He pensado en todas esas casas y vidas calcinadas.

 

Tal vez por eso Zamora empieza por Z. Por ir a la cola. Por ser la que está siempre en la última fila en todo. Por ser el epítome de la España vaciada. Por ser generosa y buena con los suyos y los de fuera. Por defender lo que tienen con uñas y dientes, contra todo y contra todos, porque ya más no les pueden arrebatar. Por eso tal vez su sentimiento independentista y radical, por años y años aguantando desprecios. Por eso las pintadas que tachan los carteles que rezan 'Castilla y León' y que sustituye un grafiti que anuncia 'Está usted entrando en el Reino de León'. Por eso hoy, y ayer, y antes de ayer, y durante tantos años, la Junta ha sido mirada con recelo y hasta odio, el mismo con el que despidieron a la comitiva que ayer se desplazó en sus suntuosos coches a la zona afectada, para hacer acto de presencia, pero sin llenarse el traje de polvo y ceniza. Por eso algunos pueblos desean la fractura de la comunidad, o pasar a formar parte de Galicia, o cualquier otra cosa antes de padecer la muerte lenta que sufren día a día, gota a gota, de sudor, de lágrimas y de sangre.

 

El daño que ha sufrido Zamora estos últimos días es incalculable. Económico, ecológico, cultural... Lo ocurrido en la Sierra de la Culebra toca todos los palos de la baraja y la parte por la mitad, porque Zamora es el ejemplo de una situación insostenible, con un cambio climático que nos empuja y nos reduce a la nada ante columnas de fuego de 20 metros de altura que engullen cuanto se pone a su paso, con administraciones que hacen nada y menos por atender a sus ciudadanos, por prestarles servicios públicos mínimos, por aplicar de una vez por todas los acuerdos que dicen haber alcanzado en cumbres internacionales del clima y que, proclaman, salvarán el planeta pero que, por lo que sea, siempre quedan aplazados al año que viene. 

 

Los jets privados siguen volando por encima de nuestras cabezas mientras esperamos que el hidroavión, tal vez el único operativo, descargue el agua sobre las llamas que se aproximan, solo para ganar un minuto más de tiempo que nos conceda recoger los álbumes familiares antes de salir por patas para no ver nunca más nuestro hogar.

 

Los desastres naturales provocan tantos o más desplazados que las guerras. Guerras que, por otro lado, son consecuencia en muchos caso de esos desastres, de las sequías o las inundaciones que, por ausencia o abundancia, lo arrasan todo y obligan a tantas personas a buscarse la vida en un lugar mejor. Pero la tierra prometida no existe, y pronto vagaremos todos entre bosques de árboles negros y muertos, entre riachuelos secos o contaminados, entre cadáveres de lobos y ciervos. Pronto, si no hacemos algo. O tal vez ya sea tarde. Porque hoy en Galicia es diciembre, pero en Sevilla buscan la sombra a 44ºC. Y, entre medias, está Zamora, que ya desearía hoy nuestra lluvia. Una Zamora que arde y llora. Y a la que nadie le importa.   

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