El empleo verde sería el mejor cortafuegos para el monte de Galicia
Sin trabajo de calidad en el rural no hay quien cuide el bosque, y sin bosque cuidado, el fuego gana terreno. Expertos, investigadores y bomberos coinciden en que la clave está en crear empleo que fije población al territorio.
Galicia lleva décadas mirando al monte con miedo. No es para menos: la comunidad acumula históricamente en torno al 30% de todos los incendios forestales registrados en España, una cifra que convierte sus paisajes en uno de los escenarios más castigados por el fuego en toda Europa. Detrás de esa estadística hay un hilo conductor que se repite en cada análisis, en cada informe y en cada campaña: la despoblación rural, que vacía los montes de personas capaces de cuidarlos. Ese diagnóstico fue también el punto de partida del debate "Empleo verde en el monte gallego", celebrado esta semana en el Círculo de Empresarios de Galicia y organizado por Zeres Abogados.
La relación entre abandono rural e incendios no es nueva, pero sigue sin resolverse. Ya la Ley gallega de prevención y defensa contra los incendios forestales, aprobada en 2007, reconocía que una parte importante de las causas estructurales del problema estaba directamente vinculada "al progresivo despoblamiento que a lo largo de los últimos decenios ha venido produciéndose en el espacio rural gallego". Tres décadas de éxodo hacia las ciudades habían dejado sin gestión comarcas enteras, convirtiendo antiguos campos de cultivo y pastos en masas de matorral inflamable. El resultado era una bomba de relojería vegetal.
Las grandes oleadas de fuego grabadas en la memoria colectiva gallega son el reflejo más dramático de ese abandono. En agosto de 2006, casi 1.970 incendios simultáneos arrasaron entre 77.000 y 92.000 hectáreas en apenas dos semanas, con cuatro personas muertas y escenas de devastación que movilizaron a la sociedad gallega en una de las mayores manifestaciones de su historia reciente. Antes habían llegado los veranos negros de 1978, 1981, 1985 y 1989. Luego, 2012 y 2017 volvieron a encender las alarmas. Ourense, la provincia con mayor concentración de municipios vaciados, ha sido sistemáticamente la más golpeada: entre 2005 y 2016 acumuló más de 14.000 incendios.
Un ciclo que se retroalimenta
No es casualidad que las zonas más quemadas coincidan con las que más población han perdido. Según datos del INE analizados por Greenpeace, el 34% de los municipios gallegos perdió habitantes entre 2000 y 2018, y la superficie agrícola se redujo en más de 52.000 hectáreas solo entre 1990 y ese mismo año en las comarcas del interior y el suroeste. El monte, sin manos que lo gestionen, acumula combustible. Y el combustible, con veranos cada vez más secos y calurosos, arde con una virulencia que los propios bomberos califican ya de "incendios de última generación": impredecibles, veloces y prácticamente inextinguibles en las peores condiciones meteorológicas.
Fabián Valero, socio fundador de Zeres Abogados y moderador del debate, describió este proceso como un ciclo negativo que se retroalimenta: el abandono del territorio dispara los incendios, los incendios aceleran el cambio climático, y el cambio climático, a su vez, genera las condiciones para que los fuegos sean aún más destructivos. "Cuando desaparece la población rural, desaparecen también trabajos esenciales como la gestión forestal o incluso tareas simples como recoger leña", señaló Valero, insistiendo en que "los derechos laborales también protegen el medio ambiente".
La buena noticia, si es que la hay, es que las cifras más recientes apuntan a una mejora relativa. La Xunta de Galicia destacó a finales de 2024 que el período de alto riesgo de ese año, entre julio y septiembre, registró el número más bajo de incendios de toda la serie histórica: 71 fuegos y algo más de 1.400 hectáreas afectadas. En cinco años, los incendios en ese período se habían reducido prácticamente a la mitad. Pero los expertos advierten de que esa mejora es frágil si no va acompañada de cambios estructurales en la gestión del monte y en las condiciones de vida del rural.
El potencial económico del bosque gallego
Precisamente ahí es donde Ángeles Cancela Carral, directora de la Escola de Enxeñaría Forestal de la Universidad de Vigo, pone el foco. La cadena forestal-madera genera en Galicia en torno a 2.500 millones de euros y más de 20.000 empleos directos, una cifra que, según subrayó, debería crecer si el monte recibe la atención que merece. Cancela recordó que Galicia concentra cerca del 50% de la producción forestal de toda España y que sus bosques ofrecen recursos que van mucho más allá de la madera, con aplicaciones en construcción, industria e incluso en sectores de alta tecnología como la aeronáutica.
Sin embargo, el 88,6% de la superficie forestal gallega carece de planes de ordenación, según datos oficiales. Un dato que Cancela considera inaceptable para un territorio que aspira a convertir el monte en motor de la bioeconomía y herramienta de descarbonización. "Para que el monte sea rentable, debe estar bien gestionado y cuidado", remarcó, defendiendo que los bosques deben convertirse en un pilar del equilibrio territorial y de la adaptación al cambio climático.
La inteligencia artificial también tiene algo que decir en este debate. Elena Hernández Pereira, investigadora del CITIC de la Universidad de A Coruña, presentó las posibilidades de la innovación tecnológica para anticipar y gestionar los incendios. Como investigadora principal del proyecto ATEMPO, centrado en la gestión de emergencias transfronterizas entre Galicia, Castilla y León y el norte de Portugal, Hernández explicó que los sistemas de IA ya permiten detectar riesgos de incendio combinando variables meteorológicas, ambientales y de comportamiento del fuego, lo que reduce los tiempos de respuesta y mejora la planificación de recursos. Pero advirtió de la necesidad de avanzar hacia una "inteligencia artificial más verde", que sirva al territorio sin incrementar la huella ambiental.
La voz de los que apagan el fuego
Quien cierra el círculo es Javier Estévez, bombero forestal con años de experiencia en extinción. Su testimonio pone cara y cuerpo a un debate que, de otro modo, podría quedarse en el plano teórico. Estévez describió la dureza creciente del trabajo en campo ante incendios de nueva generación, más rápidos y complejos que los de hace dos décadas, y reclamó mejoras en las condiciones laborales de un colectivo que trabaja en condiciones de riesgo extremo. Pero, sobre todo, insistió en algo que todos los expertos comparten: la prevención es tan importante como la extinción, y sin profesionales bien formados y bien pagados, ninguna de las dos funciona.
El encuentro cerró con un consenso que, en realidad, lleva años rondando el debate público sin terminar de aterrizarse en políticas concretas: Galicia necesita un modelo que integre empleo digno, innovación tecnológica y gestión activa del territorio. Sin los tres elementos juntos, el monte seguirá siendo vulnerable. Y el fuego, paciente, siempre está esperando.
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