El arte del insulto

Rodrigo Brión Insua

Durante dos días asistí, como tantos ciudadanos, a los debates que se supone marcarán el devenir político de España. Entre propuestas (las que menos), acusaciones y reproches, lo más florido de estos dos debates que han enfrentado a los líderes de PP, Ciudadanos, PSOE y Unidas Podemos han sido los insultos. Insultos como “carca”, “golpista”, “patético”, “incompetente”, “felón” (¡FELÓN!)… incluso llegó a oírse un “muñeca matrioshka”. Un espectáculo no apto para personas sensibles, los hoy día llamados ‘indecisos’, pero sí para aquellos que sabemos disfrutar de una buena batalla de gallos.


Sin embargo, no es tanto el insulto en sí mismo como el arte de saber insultar. Cualquiera puede llamar a otro “gilipollas”, pero hay que saber elegir el momento y el lugar para que tenga efecto. Además, lo que más se valora es la originalidad. Es ahí donde emergen los argentinos, que están en el año 2220 con respecto al resto del mundo. “Cementerio de canelones”, “Pelado tobogán de piojos”, “Camionada de porongas infinitas”, “Terrorista de choripanes” o, sencillamente, “Hincha de Patronato”, son algunas de las lindezas que un argentino, con su rico léxico e imaginación infinita, puede derrochar desde las gradas de un campo de fútbol, seguramente el lugar donde se concentra el mayor nivel de odio e ingenio por kilómetro cuadrado, sin olvidar al Congreso de los Diputados o un plató televisivo.


Tengo que reconocer, para mi vergüenza y para someterme a mí mismo a escarnio público, que yo he sido de los que insultan en un campo de fútbol, algo sano si se hace con moderación y que solo puede entender aquel que paga religiosamente un abono de temporada o que guarda con cautela la entrada del próximo partido en el doble fondo de la cartera.


Sin embargo, el blanco de mi ira nunca fue el árbitro, o la afición rival. Yo era (bueno, aún lo soy), en mis tiempos como abonado del Real Valladolid, el azote de los jueces de línea. Esos pobres hombres y mujeres con sus banderitas y pantaloncitos cortos, tal vez uno de los trabajos más difíciles e ingratos del mundo, ya que puedes acertar el 99,9% de las veces…pero como te equivoques, el peso del mundo caerá sobre ti y sobre ese 0,01%.


Con todo, el fin único de insultar al linier siempre fue la comedia y el divertimento, no incitar a la violencia, algo a lo que me opongo en todas sus formas y más en el mundo del deporte, donde lo que ocurre en la cancha se queda en la cancha. Imagínense: minuto 56 de un anodino Real Valladolid vs Girona durante una primaveral y aun más anodina tarde de domingo. Un hombre con zamarra blanquivioleta cae derribado en la frontal del área. El árbitro no señala la infracción y el público se le echa encima, entre gritos, protestas y recuerdos a su santa madre. El juego sigue, el rugido de la platea se calma poco a poco y la vida continúa inalterable a ese lado del Pisuerga.


Sin embargo, en el minuto 63, con el juego parado en la otra punta del campo, un muchacho se levanta de su asiento y grita a todo pulmón: “¡Línea! ¡A ver si pitamos lo que tenemos que pitar! ¡Que esta sí que la señalas y la de antes nada! ¡Villano! ¡Mendrugo!”. Y, a partir de ahí, el caos. Las cincuenta, cien o mil personas que rodean al muchacho empiezan a recordar al pobre juez de línea (que ni pincha ni corta ni tiene nada que decir de una acción que, por otro lado, no era falta, o en todo caso amarilla al jugador local por simular), todas las acciones habidas y por haber que perjudicaron al Pucela en la larga historia del Estadio José Zorrilla, y nunca con buenas palabras. Y mientras se desata la tormenta, el muchacho se acurruca en su asiento en silencio junto a algún compañero de fatigas cómplice con el que pasa el crepúsculo dominical comiendo cacahueses, mientras se miran de soslayo intercambiando sonrisas, disfrutando como buenos titiriteros del espectáculo de marionetas que han creado. Bien…pues yo soy ese muchacho.


También soy el que amarga la tarde al lateral de turno, sin importar el nombre que luzca su dorsal ni los colores que adornen su indumentaria. Simplemente me encargo de recordarle que es muy malo, que es muy feo, que menudas botas que me lleva, etc. De vez en cuando, esos comentarios van acompañados de un “tuercebotas”, “penco”, “mascachapas” o “mastuerzo”. Porque no hay insultos como los ochenteros y me confieso un firme defensor de términos como “zascandil”, “botarate”, “zopenco”, “petimetre” o “mugroso”. Donde se ponga un buen “papanatas” o “abrazafarolas”, que se quite el resto. Aunque los “parvo”, “pailan” o “pallote” de mi Galicia son también un fantástico recurso lingüístico, digno de una buena y sana regueifa.


En una ocasión incluso escuché como una mujer sentada un par de asientos detrás de mi llamaba “seto marino” al colegiado. De lo mejor que he oído nunca. Admito que disfruté mucho ese momento, aunque hubiera pagado con gusto el precio de un Madrid-Barça si ayer alguno de los candidatos se lo llega a llamar a su adversario. “Es usted un seto marino, señor _________”, para luego irse con un mic drop. Y sí, sé que después de esta confesión soy merecedor de que me insulten los lectores. Pero, ¿qué le voy a hacer? ¡Si soy hincha de Patronato! 

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