La marcha de Luis Villares y las miserias de la política

Manoel Barbeitos
Economista

Cuando alguien como Luis Villares deja la política hay motivos de sobra para preguntarse por las razones últimas que lo llevan a tomar esa decisión. Mucho más cuando uno piensa que deberían ser otros los que tendrían que haberse marchado, algunos hace ya tiempo, pero a pesar de eso siguen ahí.


La decisión de Luis Villares, guardando las lógicas distancias y diferencias, me trae la mente otras también relevantes como, por caso, las de Xabi Domenech y mismo Manuela Carmena. Los tres tienen algunas características comunes y su marcha de la política también guarda coincidencias. Por caso los tres son profesionales de bien ganado prestigio en sus respectivos puestos de trabajo (Universidad, Poder Judicial), con una trayectoria personal  intachable, radicalmente demócratas, gente de las izquierdas con larga trayectoria en la lucha por la democracia y los derechos humanos. Que en el caso de Xabi y Luis tiene además un indiscutible componente de amor por la tierra (Cataluña y Galicia) también en clave política. “Raras  avis” de la política.


No conozco personalmente ni a Xabi ni a Manuela pero sé, por amigos comunes, bastante sobre ellos. Sí conozco a Luis Villares y, pienso, somos amigos. Una amistad que nació y creció primero a la sombra de EN MAREA pero que luego se extendió más allá de esta organización. Una amistad que fue quien de estar por encima de algunas diferencias de visión y de dibujo. Fue esto posible gracias a que ambos somos radicalmente demócratas y, como tales, pensamos que las diferencias entre compañeros de una organización política se resuelven primero con el diálogo, luego con el debate y finalmente, de no ser posible, con el consenso  por votación democrática. Un resultado que, lógicamente, compite y abarca a todos los miembros de la organización. He ahí, por caso, una de las razones del increíble desastre de EN MAREA: los comportamientos antidemocráticos de destacados dirigentes de esta organización que, seguramente porque arrastran viejos vicios de organizaciones muy tradicionales, no aceptaron nunca la democracia cuando esta llevaba a decisiones que no coincidían con sus intereses particulares. Ahí están las hemerotecas para demostrarlo que afirmo.


Los dos, aunque en su día militamos en organizaciones políticas, nunca fuimos “funcionarios de partido”,  sin que esto suponga ningún criterio peyorativo sino clarificador. Pensamos que las organizaciones políticas, adopten la forma que adopten, son medios para un fin y no un fin en sí mismas. En este caso EN MAREA debía ser un medio para, por caso, conseguir un poder político -la Xunta de Galicia- desde el cual poner en práctica políticas públicas que sirviesen para mejorar las condiciones de vida de los gallegos especialmente de aquellos que peor lo están pasando. Un medio que facilitase la participación política de las clases populares, lo que exige, para ser efectiva, la presencia y la acción de mayorías muy, muy amplias: he ahí la razón de las mareas. Un medio para de este modo situar a Galicia en el mapa político español y en el lugar que le corresponde.


Un formato, las mareas, que surgió del convencimiento, fruto de la experiencia y las evidencias, de que los partidos políticos tradicionales precisaban y siguen precisando de renovarse, de abrir las puertas y ventanas y de buscar aliados entre la gente no partidaria que sí partidista. Un formato que, como enseguida comprobamos, choca radicalmente con los defensores de partidos clásicos y ortodoxos. Incluso con aquellos/as que dicen defender lo mismo pero que en la práctica tienen un comportamiento de partido clásico: ¡Que lejos queda para algunos el 15M!


Los resultados de las elecciones autonómicas del 2016 pusieron en evidencia que estos bosquejos tenían una amplia aceptación entre cientos de miles de gallegos. Unos resultados que, para su desgracia, revalorizaron la figura política de Luis Villares frente otros líderes políticos más identificados a los partidos que se habían integrado en EN MAREA. Aunque pueda parecer paradójico, aquel resultado electoral marcó el inicio del fin de EN MAREA por no ser quien de seguir el camino trazado. La frontal oposición del sector más partidario a formar grupo parlamentario propio, a publicitar una agenda gallega, a reconocer el liderazgo de Villares, sacó a la luz lo que hasta entonces aparecía escondido: las enormes diferencias entre las partes de lo que debía ser realmente EN MAREA. Diferencias nacidas de una realidad indiscutible. La primera que el partidismo sigue dominando férreamente la política española y gallega, siendo quien de llevarse por delante a todos aquellos como sucede ahora con  Luis Villares, y antes con Xabi Domenech, Manuela Carmena... que quieran quebrar el  statu  quo vigente. La segunda que el compromiso con un galleguismo de izquierdas era muy, muy desigual, entre los colectivos de EN MAREA.


Diferencias que fueron in crescendo, con episodios realmente kafkianos, y que llevaron primero a graves divisiones y enfrentamientos internos, luego a rupturas, y finalmente a la demolición final de EN MAREA, que si no se produjo antes fue por la tenaz y admirable voluntad de muchos miles de inscritos que no estaban/estábamos dispuestos a tirar por la borda lo que había costado tanto esfuerzo.


He ahí algunas de las principales razones políticas, no entro en las personales, que condujeron a esta anunciada retirada de Luis Villares de la política. Su retirada junto con la permanencia de otros/as pone en evidencia las miserias de la política que, seamos sinceros, en Galicia venimos arrastrando desde hace mucho, mucho tiempo. Aunque se me acuse de oportunista quiero traer aquí a colación lo que nos indican las encuestas más serias sobre la evaluación de la clase política por parte de la ciudadanía, quien considera a aquella como uno de los problemas más graves que tiene la democracia. Por algo será.

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